Currículum
Tema 03. CUIDADO DE LA PIEL NORMAL Y BASES PARA EL TRATAMIENTO DE LAS DERMATOSIS
1. CUIDADO DE LA PIEL NORMAL
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1.1. INTRODUCCIÓN. LA FUNCIÓN BARRERA DE LA PIEL
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1.2. PENETRABILIDAD DE LA CAPA CÓRNEA
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1.3. CUIDADO DE LA PIEL NORMAL
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1.3.1. Higiene de la piel
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1.3.2. Hidratación de la piel. Productos cosméticos
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1.3.3. Cosmecéuticos
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1.4. COSMÉTICOS Y COSMECÉUTICOS EN DERMATOSIS SELECCIONADAS
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1.4.1. Dermatitis atópica
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1.4.2. Acné vulgar
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1.4.3. Rosácea
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1.5. NUTRICIÓN DE LA PIEL, DEL PELO Y DE LAS UÑAS
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1.6. HIGIENE DEL CABELLO
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1.7. FOTOPROTECTORES
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1.7.1. Espectro de radiación solar
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1.7.2. Factores de riesgo para el cáncer de piel
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1.7.3. El factor de protección solar
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1.7.4. Los fotoprotectores
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1.7.5. Los vehículos
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1.7.6. Posibles efectos adversos
2. TRATAMIENTO TÓPICO DE LAS DERMATOSIS
0/73. TRATAMIENTO SISTÉMICO
0/84. FOTOTERAPIA UVB Y FOTOQUIMIOTERAPIA (PUVA)
0/25. BIBLIOGRAFIA
0/11.3.3. Cosmecéuticos
Se definen como cosmecéuticos aquellos productos cosméticos que tienen una cierta acción terapéutica, son capaces de producir cambios leves en la piel sana o en dermatosis menores y sus efectos perduran más allá del tiempo de su aplicación. Se venden principalmente en farmacias o parafarmacias, pero se dispensan sin receta médica (productos OTC). Se utilizan sobre todo para el cuidado de la piel normal e incluso para algunas patologías leves como las hipermelanosis (pecas, lentigos solares, melasma) y las arrugas finas del fotoenvejecimiento, la prevención de la caída de cabello y en las alopecias no patológicas, y para la flacidez y el mantenimiento del “tono”, la “brillantez” y la “tersura” de la piel, muchos de ellos términos subjetivos y difíciles de cuantificar y de objetivar. Contienen habitualmente retinol, ácido hialurónico, siliconas y péptidos como el colágeno, aunque algunos también contienen parabenos y sulfatos. Entre los cosmecéuticos se incluyen también los peelings superficiales como el ácido retinoico a dosis bajas o el ácido azelaico (Gediya SK, 2011).
Detrás de estos productos existe una potente industria dedicada al cuidado de la piel. Se estima que, entre los dermatólogos que se dedican principalmente a la medicina estética de todo el mundo, los cosmecéuticos representan un 30-40% de sus recetas, a pesar de las dudas y la confusión que existe sobre su definición y alcance.
Se afirma que un cosmecéutico ejerce un “beneficio terapéutico farmacéutico” pero no necesariamente un “beneficio terapéutico biológico”. Se pretenden situar como productos a mitad de camino entre los agentes cosméticos y los fármacos, aunque en realidad se sitúan mucho más próximos a los cosméticos.
A mitades del sXX Raymond Reed, fundador de la Sociedad Estadounidense de Químicos Cosméticos, acuñó el término “cosmecéuticos” para definir aquellos cosméticos con una cierta actividad farmacológica. En los años 70 se descubrió la utilidad de los ácidos hidroxílicos para mejorar las arrugas. El primero de estos ácidos fue el ácido retinoico, descubierto por el Dr Albert M. Kligman, que mejoraba la apariencia de la piel dañada por la radiación ultravioleta (UV) (Kligman AM, 1989; Kligman AM, 1998), lo que originó una rápida expansión de la industria cosmecéutica. Sin embargo, tras más de 5 décadas, esta categoría de productos todavía no está reconocido ni por la FDA ni por la EMA (Agencia europea reguladora del medicamento). En España la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) es la responsable del control de los productos cosméticos, que casi siempre se rige por los acuerdos de la EMA. Estas agencias definen medicamento como “un artículo destinado al diagnóstico, mitigación, tratamiento o prevención de enfermedades o destinado a afectar la estructura o cualquier función del cuerpo”.
A diferencia de las leyes estrictas para los medicamentos, que han de demostrar mediante ensayos controlados y aleatorizados su eficacia y seguridad, no existen apenas requisitos para comercializar un producto calificado como cosmecéutico, a pesar de su omnipresencia, volumen de ventas y prescripción por parte de los dermatólogos. Hasta la fecha no existe un consenso internacional sobre sus indicaciones, lo que tiene importantes consecuencias sobre el etiquetado. En el Japón, las autoridades sanitarias consideran que muchos productos para el cuidado de la piel no pueden considerarse medicamentos puros ni cosméticos puros y los denominan “cuasifármacos”. Permiten que estos productos contengan ingredientes farmacológicamente activos, con efectos leves, pero que hayan demostrado su seguridad. Para acentuar la controversia, los antitranspirantes, los champús anticaspa y los fotoprotectores están regulados como fármacos en los EE. UU. y como cosméticos en Europa. También generó controversia el etiquetado como fármaco del minoxidil tópico para la calvicie de patrón masculino, con lo que la actividad farmacéutica de un producto, en lugar de la condición que se pretende modificar (piel normal o enferma), determina si es un cosmético o un fármaco. Y todavía se complica más cuando la base de la diferenciación entre fármaco y cosmético se centra en la concentración del ingrediente activo. P.ej., los productos que contienen agentes que actúan como fotoprotectores se clasifican como cosméticos cuando el factor de protección solar (FPS) es menor de 4, mientras que los que tienen un FPS superior se comercian como fármaco para venta sin receta (OTC). De manera similar, la FDA considera que el ácido láctico al 12% es un medicamento, mientras que el mismo ingrediente en concentraciones más bajas está permitido en los cosméticos.
En Europa y Japón, los cosmecéuticos se consideran una subclase dentro de los cosméticos, mientras que en los EE. UU. se consideran una subclase de medicamentos. En Europa es suficiente que se rijan por las normas de Buenas Prácticas Clínicas para la utilización de los cosméticos (https://www.aemps.gob.es/informa/cosmeticos-y-cuidado-personal/buenas-practicas-de-uso-de-productos-cosmeticos/) y su etiquetado. Se han de realizar determinados estudios clínicos con la potencia adecuada para demostrar la actividad prevista del cosmecéutico en el tratamiento de una dermatosis menor y para garantizar que los requisitos de seguridad son óptimos y que no hay otros efectos secundarios además de los esperados. Como resumen, un cosmecéutico se caracteriza por ser un producto con escasa actividad farmacológica para ser utilizado en pieles normales o casi normales. Además, debería proporcionar un beneficio predefinido para los trastornos cutáneos menores y debe tener un perfil de riesgo muy bajo (Pandey A, 2025).
1.3.3.1. Cosmecéuticos químicos
Los cosmecéuticos químicos o “convencionales” se obtienen en el laboratorio y en muchas ocasiones contienen derivados del petróleo. Por lo general tienen mejor textura, una mayor vida útil por la adición de conservantes, mayor penetración en la piel (pueden alcanzar la dermis) y su precio es más asequible.
Sin embargo, en los últimos años se ha observado que algunos componentes presentes en muchos cosméticos y cosmecéuticos pueden causar efectos adversos (EA). Han surgido algunos informes que aseguran que los parabenos, utilizados ampliamente como conservantes antibacterianos en productos de cuidado personal, y los ftalatos, que se emplean como adherente en cosméticos, son disruptores endocrinos (DE). Los ftalatos, sales o ésteres de ácido ftálico, se han asociado a malformaciones congénitas y problemas reproductivos a largo plazo (Sheikh A, 2017). Otros DE son el bisfenol A, los pesticidas, el triclosán, los bifenilos policlorados y los metales pesados, presentes con frecuencia en los sectores farmacéutico, cosmético y de envasado. Los DE pueden perjudicar el sistema reproductivo femenino, como lo demuestra el creciente número de casos de endometriosis, de fibromas uterinos, del síndrome del ovario poliquístico, insuficiencia ovárica prematura, irregularidad menstrual, menarquia precoz e infertilidad (Hassan S, 2024). Se ha comprobado en ratas embarazadas expuestas a di-2-etilhexil-ftalato) (DEHP) (500 mg/kg), butilparabeno (100 mg/kg) o un MIX de ambos, desde el día 12 de gestación hasta el día 21 posnatal, que las crías hembras del grupo MIX presentaron un peso corporal reducido en el día 1 postnatal, menor edad gestacional y menor grosor endometrial; los machos mostraron un peso corporal reducido en el día 1 postnatal y un menor número de células de Sertoli en los grupos DEHP y MIX. El grupo MIX reveló un aumento de túbulos seminíferos anormales y un mayor porcentaje de espermatozoides inmóviles (Guerra MT, 2023). Igualmente, se ha detectado que varios de los metabolitos de los parabenos (metilparabeno, MP, etilparabeno, EP, propilparabeno, PP y butilparabeno, BP) pueden ser DE, ya que interfieren en la biosíntesis de las gonadotropinas, hormonas clave para el desarrollo y la reproducción. El MP y el BP aumentaron significativamente los niveles de ARNm y proteína de la hormona folículo estimulante (FSH) y la hormona luteinizante (LH) en las células gonadotrópicas hipofisarias de forma dependiente de la concentración (Wang L, 2024). De ambos compuestos se ha investigado su efecto sobre sobre las hormonas tiroideas en 437 mujeres embarazadas expuestas a fenoles/ftalatos. Los parabenos se asociaron negativamente con la triyodotironina libre (T3) y la proporción T3/T4 (tiroxina total). El ftalato de monobencilo se asoció positivamente con la T4 total y negativamente con la relación T3/T4 (Nakiwala D, 2022).
De todos modos, lo que más preocupa es la relación de los parabenos y otros componentes de los cosmecéuticos químicos con el cáncer. Considerados seguros durante más de un siglo, en la última década los parabenos se han relacionado con la progresión del cáncer y las metástasis. En estudios de laboratorio sobre los efectos del metilparabeno (MP) y el propilparabeno (PP) en la invasión y/o migración celular en células de hepatocarcinoma (HepG2), de carcinoma cervical (HeLa) y de carcinoma de mama (MCF-7) y trofoblastos placentarios humanos (HTR-8/SVneo) se detectó que el MP y el PP, en concentraciones de 5 a 500 μg/L, promovieron significativamente la invasión de las cuatro líneas celulares, con una concentración mínima efectiva de 5 μg/L. También aumentaron la expresión de las metaloproteinasas de matriz 2 y 9 (MMP2 y MMP9) y de sus inhibidores tisulares (TIMP1 y TIMP2) lo que aumentaría su capacidad de invasión (Wang L, 2024). También se ha comentado la relación de los parabenos y el cáncer de mama, los tintes para el cabello (por el formaldehído) y las neoplasias hematológicas y los polvos de talco y el cáncer de ovario.
Ahora bien, la relación de los cosméticos y el cáncer es un tema muy controvertido y hasta el día de hoy no existe una evidencia concluyente. La FDA puso a disposición del público todos los informes sobre eventos adversos del CAERS (Centro para la Seguridad Alimentaria y la Nutrición Aplicada), incluyendo las quejas relacionadas con productos cosméticos. Entre 2004 y 2017, se encontraron 4427 informes individuales de cáncer relacionado con un producto cosmético, en los que predominaron los informes de cáncer de ovario (n = 3992, 90%), la mayoría (70%) atribuidos a polvos de talco, seguido del cáncer de piel (11%) y el cáncer de mama (5%) atribuido a humectantes tópicos (Jacob SL, 2018). Estas cifras represtan una incidencia muy baja respecto a los más de 2 millones de nuevos casos de cáncer proyectados en 2025 en Estados Unidos (Siegel RL, 2025). Hasta ahora la FDA o la EMA no se han pronunciado al respecto.
En los países que se han restringido los parabenos ha habido un aumento considerable de dermatitis alérgica de contacto (DAC) por uno de sus sustitutos, las isotiazolinonas (Liszewski W, 2022).
A modo de resumen algunos de los compuestos contenidos en los cosméticos pueden ser sustancias cancerígenas cuando se utilizan a concentraciones elevadas. No se conoce todavía si a bajas concentraciones, como las usadas en los cosméticos, pero por tiempo prolongado, pueden producir alteraciones similares. Si una persona está preocupada por este tema, encontrará información en las páginas de “Detox me” en español (https://web.detoxmeapp.org/es) y también en forma de APP.
1.3.3.2. Cosméticos y cosmecéuticos “naturales” (derivados de plantas, botánicos o herbales)
Hasta finales del siglo XIX, cuando comenzó la era industrial, los cosméticos eran esencialmente “naturales”: procedían de plantas, grasas animales y, en menor medida, de minerales. Las primeras referencias se remontan aproximadamente al 4000 a. C., en la civilización egipcia, donde hombres y mujeres usaban maquillaje para realzar su apariencia. Eran habituales el kohl negro como delineador y las sombras de ojos oscuras, en tonos azules, rojos y negros, representadas con frecuencia en el arte y los jeroglíficos egipcios. También se obtenía un tinte rojo del alga fucus, que contenía yodo y compuestos bromados, aunque podía causar enfermedades graves. Los primeros lápices labiales brillantes se elaboraban con sustancias nacaradas procedentes de escamas de pescado, aún utilizadas en la actualidad. Al maquillaje egipcio se le atribuían propiedades antibacterianas. Para las arrugas se empleaban ingredientes como goma de incienso y moringa fresca; para cicatrices y quemaduras, ungüentos de ocre rojo, kohl y jugo de sicómoro; y como fijadores, mezclas de cera de abeja y resina. Estos productos también se aplicaban a las momias, por la creencia de que las protegerían en el más allá. Tanto hombres como mujeres se pintaban los ojos con polvos negros y verdes que contenían sales de plomo. Estas sales también fueron utilizadas por las mujeres durante el Imperio romano. El primer cosmético rojo fue la orchilla (Lischen roscella), musgo con el que se preparaba el tornasol y que posteriormente se aplicó a diversos cosméticos. También se emplearon plantas tintóreas, en especial Anchusa tintorea. Entre los productos de origen animal figuraban el aesypum, extracto purificado del sudor de carnero, y el estiércol pulverizado de cocodrilo, usados para tratar afecciones cutáneas y mejorar manchas y arrugas.
En Oriente, se consideraba que las cejas negras, trazadas en semicírculo y unidas sobre la nariz, embellecían a la mujer. En los harenes turcos, las mujeres dedicaban largas horas a pintarse cejas y pestañas con un polvo negro llamado surmé.
En Roma, las mujeres de clases altas contaban con esclavas dedicadas exclusivamente a su arreglo personal y utilizaban polvo de galena, plomo o bismuto, conocido en latín como stibium, que aplicaban con dos punzones. Popea, esposa de Nerón, creó la poppeana, un cosmético destinado a conservar la frescura y delicadeza de la piel. Consistía en una pasta de miga de pan empapada en leche de burra, que se aplicaba por la noche sobre el rostro. Para reducir las arrugas se usaba una mezcla de arroz y harina de habas. Por la mañana, tras retirar la mascarilla con esponjas, se lavaba la cara con leche de burra caliente. Plinio el Viejo (23-79 d. C.), en el libro XXVIII de su Historia natural, menciona la leche de burra como un cosmético excelente y señala que muchas mujeres la utilizaban a diario para lavarse el rostro.
En el siglo VII d. C., los eslavos empleaban Rosmarinus officinalis, Ocimum basilicum, Iris germanica y Mentha viridis en cosmética, y recurrían a Veratrum, Cucumis sativus, Urtica dioica, Achilea millefolium, Artemisia marítima, Lavandula officinalis y Sambucus nigra contra insectos “injuriosos”, como piojos, pulgas, polillas, mosquitos y arañas.
Durante el Renacimiento (siglos XV y XVI), la cosmética alcanzó gran auge en Italia. Los monjes de Santa María Novella crearon uno de los primeros laboratorios dedicados a elaborar cosméticos y medicinas. Las aristócratas venecianas usaban maquillaje para blanquear el rostro y el escote, ya que la piel morena se asociaba al trabajo al sol. Isabel I de Inglaterra utilizaba una mezcla de plomo y vinagre, conocida como cerusa veneciana o “espíritu de Saturno”, que aclaraba la piel, pero con el tiempo provocaba despigmentación, alopecia frontal y de cejas, caries dental y, por su toxicidad, numerosas muertes por absorción cutánea de plomo. También se teñía el cabello de rojo y se usaban fragancias florales -rosa, lavanda, almizcle, ámbar, sándalo o jazmín- que continúan empleándose hoy. Entre los cosméticos de la época figuraban la miel con limón para suavizar las manos, las hojas de salvia mezcladas con carbón vegetal como dentífrico y los pétalos de geranio como colorante labial. El mercurio fue uno de los ingredientes más usados: se aplicaba para colorear los labios, eliminar manchas cutáneas o teñir el cabello, a menudo mezclado con sulfuro de plomo, cal y agua. Del siglo XVI procede un manuscrito anónimo en castellano, titulado “Manual de mujeres en el cual se contienen muchas y diversas recetas muy buenas”, dedicado a la preparación de cosméticos. Catalina de Medici, esposa de Enrique II, introdujo la cosmética en Francia y dedicó gran parte de su tiempo a elaborar cosméticos y ungüentos. Enrique II también usaba una mascarilla de clara de huevo y harina de habas; las claras batidas se aplicaban como ungüento para mantener la piel fresca y suave.
Durante la segunda mitad de la Edad Moderna (siglos XVII y XVIII), un joven llamado Yardley fundó la primera empresa dedicada a fabricar productos de tocador, sobre todo jabones de lavanda. La elaboración cosmética se fue perfeccionando: las damas nobles utilizaban cremas hidratantes de especias, vainilla y miel, aunque la cerusa y el plomo siguieron empleándose. La disponibilidad de jabón permitió que los hombres comenzaran a afeitarse en casa. En 1786, el Parlamento inglés aprobó un decreto que gravaba los cosméticos, incluidas pastillas de jabón, polvos, esencias y ungüentos, como la tintura de almendra de melocotón.
Tras la muerte de Luis XIV, en 1715, en Francia se elaboraron perfumes de nombres llamativos, como “Leche de la princesa”, “Aroma de sultana” o “Agua celestial”. Sus envases, fabricados en plata, oro, porcelana o laca, tuvieron gran éxito por su originalidad. Los tonos de rojo del maquillaje variaban según la clase social: rojo oscuro para las damas de la corte, rojo intenso para las cortesanas y matices más claros para las burguesas. Algunas mujeres célebres se asociaban a fragancias concretas: María Antonieta prefería la mejorana y Madame de Pompadour la rosa y la violeta. Josefina de Beauharnais, esposa de Napoleón, usaba coloretes de extractos vegetales y mascarillas de harina, miel, huevos y carne cruda. Para lograr la palidez considerada ideal, se bebía vinagre y limón y se evitaba la exposición solar.
En el siglo XIX, la reina Victoria calificó el maquillaje como socialmente inapropiado, asociado entonces a actores y prostitutas. Durante la Segunda Guerra Mundial, los cosméticos gozaron de amplia aceptación en Oriente. A mediados del siglo, la prensa estadounidense anunciaba pastillas con arsénico para eliminar pecas, granos y otras imperfecciones faciales; al comprobarse su toxicidad, la publicidad fue retirada. En Japón, las geishas utilizaban lápices labiales elaborados con pétalos triturados de cártamo para colorear cejas, comisuras de los ojos y labios. A finales del siglo XIX, la industria cosmética occidental comenzó a crecer por el descubrimiento de la luz eléctrica y el aumento de la visibilidad pública que conllevó, la mayor percepción de los cosméticos de color y la mejora de la seguridad de los productos. Las innovaciones en los espejos, el desarrollo de la fotografía comercial, el marketing y la electricidad en hogares y los espacios públicos aumentaron la atención hacia la imagen personal y estimularon la demanda de cosméticos. El hallazgo de ingredientes tóxicos en polvos faciales, coloretes, lápices labiales y productos caseros desalentó su uso, mientras que la introducción de sustancias no tóxicas, como el óxido de zinc como polvo facial inerte, y la intensa publicidad de las empresas consolidadas popularizaron cremas y maquillajes. Los anuncios en vallas, revistas y periódicos impulsaron la demanda en Estados Unidos y Europa.
A principios del siglo XX, el esmaltado facial con pintura real se popularizó entre las clases acomodadas para aclarar la piel, aunque muchas pinturas blancas contenían arsénico, que se sabía que era peligroso. La piel clara se asociaba a la aristocracia, pues indicaba que no se trabajaba al aire libre. La vaselina comenzó a sintetizarse industrialmente debido a la creciente demanda para tratar sequedad y grietas en manos y labios de trabajadores expuestos al exterior. También se introdujeron aguas de tocador, como la lavanda o la colonia refinada. Hacia 1910, el maquillaje se puso de moda en Estados Unidos y Europa por influencia de estrellas del ballet y el teatro. El libro de belleza Daily Mirror reflejó su aceptación entre las clases alfabetizadas, aunque no fue uniforme: en 1915, Kansas aprobó una ley que convertía en delito menor que las mujeres menores de cuarenta y cuatro años usaran cosméticos “con el propósito de crear una impresión falsa”. En la década de 1920, Hollywood ejerció la mayor influencia en la industria cosmética gracias a la publicidad de sus estrellas. Poco después, una declaración de Coco Chanel popularizó el bronceado, lo que favoreció el comercio de autobronceadores. En Asia, el blanqueamiento de la piel continuó siendo un ideal de belleza, como todavía ocurre hoy (obtenido de ”Academia Lab”, 2026). A lo largo del siglo XX, la cosmética convencional avanzó considerablemente sin que se detectaran efectos adversos significativos atribuibles a los cosméticos químicos, pese a conocerse los daños causados en épocas anteriores por derivados del plomo y del arsénico tras su absorción cutánea. Sin embargo, la exposición constante a sustancias presentes en hidratantes, protectores solares, lacas, perfumes, lápices labiales o maquillajes podía producir efectos adversos. Desde finales del siglo pasado se sabe que, compuestos como formaldehídos, cloruro de benzalconio, ftalatos -usados como adherentes-, fenoxietanol, diazolidinil urea, imidazolidinil urea y parabenos -empleados como conservantes antimicrobianos frente a bacterias, mohos y levaduras- pueden causar irritación, alergia y fototoxicidad. Más recientemente se ha demostrado que algunos actúan como disruptores endocrinos y toxinas reproductivas, capaces de originar defectos congénitos e incluso mutaciones y cáncer en estudios animales (Sheikh A, 2017; Bilal M, 2019).
Como ocurre en muchas industrias, las empresas cosméticas tienden a resistirse a la regulación gubernamental. En Estados Unidos, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) no aprueba ni revisa previamente los cosméticos, y las compañías no están obligadas a informar sobre lesiones asociadas al uso de sus productos.
Ante la posibilidad de estos efectos adversos, la industria cosmética trabaja desde hace años en fórmulas estables con ingredientes naturales basados en extractos herbales. La preocupación difundida en redes sobre los cosméticos sintéticos ha aumentado la confianza en los productos herbales y ha favorecido su crecimiento en el mercado (Chermahini SH, 2011; Nanjwade BK, 2017). Además, se ha demostrado que algunos cosmecéuticos naturales son eficaces frente a afecciones dermatológicas menores y presentan menos efectos adversos que los cosmecéuticos químicos disponibles (Sathyaseelan S, 2024). Los cosméticos naturales se obtienen de extractos vegetales, aceites esenciales y minerales, aunque pasan por procesos químicos de selección, mezcla y envasado que aún no siempre cuentan con respaldo regulador; por ello, “natural” no equivale necesariamente a seguro. Muchos permanecen en la superficie de la capa córnea sin penetrarla ni alcanzar la circulación sistémica, lo que reduce el riesgo de alteraciones endocrinas y, de forma más remota, de cáncer, al estar libres de parabenos y sulfatos. También tienen menor impacto ambiental y son más sostenibles, aunque suelen ser más caros (Gediya SK, 2011). Al permanecer en la capa córnea, reducen el riesgo de dermatitis irritativas y alérgicas y se toleran mejor en pieles sensibles. No obstante, al carecer de conservantes, su caducidad es menor y conviene conservarlos en un lugar fresco. Se les atribuye una eficacia similar a la de los cosméticos sintéticos en diversas dermatosis, pero con menor riesgo de efectos adversos, lo que ha incrementado la confianza del consumidor y las ventas (Chermahini SH, 2011).
Desarrollar un cosmético o cosmecéutico natural estable es un reto, porque los principios activos de los extractos vegetales pueden variar por factores del cultivo (luz, temperatura, humedad, altitud, precipitaciones) o condiciones del suelo. Además, pueden degradarse durante el almacenamiento por distintos procesos fisicoquímicos. Tras cultivar las plantas en condiciones adecuadas, el siguiente desafío es la extracción, que exige un secado correcto para evitar adulteraciones involuntarias (Joshi LS, 2015). Después deben añadirse conservantes y vehículos, esenciales para el cuidado cutáneo. En la mayoría de los casos se emplean aceites vegetales con propiedades hidratantes o limpiadoras. Entre los conservantes naturales destacan fitocompuestos como terpenoides, ácidos orgánicos, ácidos grasos oxigenados, alcoholes alifáticos, polifenoles, β-caroteno, flavonoides, antocianinas, catequinas y ácidos fenólicos, con actividad antimicrobiana y antioxidante. Siempre que sea posible, el vehículo debería atravesar el estrato córneo para llevar el principio activo hasta la zona de la piel -epidermis, dermis o tejido subcutáneo- donde deba actuar.
La actividad farmacológica de cada planta depende de su composición química. Algunos extractos son ricos en lípidos, como ácidos grasos saturados o insaturados; entre ellos se incluyen la manteca de cacao obtenida de Theobroma cacao, el aceite de girasol, el aceite de argán y el aceite de semilla de mango, sin que se haya demostrado la superioridad de unos sobre otros. Otros contienen terpenoides, compuestos aromáticos hidrofóbicos conocidos también como aceites volátiles, principales constituyentes de los aceites esenciales de plantas y flores. Ejemplos son el naranjo y la zanahoria, cuyos pigmentos anaranjados participan en la síntesis de vitamina A. Los flavonoides, compuestos polifenólicos con estructura de fenilbenzopirano, se encuentran en numerosas frutas y verduras -cebolla, melocotón, uva, vino tinto, tomate, lechuga, cebolleta y brócoli-, a las que aportan coloración amarilla. Otros extractos son ricos en carbohidratos, como el acemanano, principal carbohidrato extraído del aloe vera.
Para la limpieza de la piel, la eliminación de células muertas y la desobstrucción de poros, la cosmética botánica “naturalista” recomienda jabones o lociones limpiadoras a base de aceite de coco, girasol, jojoba o aloe vera (Joshi LS, 2015). Los limpiadores y tónicos eliminan células muertas, suciedad y sustancias ambientales tóxicas, además de destapar los poros. Los humectantes suavizan la piel y le aportan un aspecto saludable. El agua de rosas, por su parte, es conocida por sus propiedades tonificantes (Sumit K, 2012).
Como hidratantes botánicos para la sequedad cutánea -causada por el uso excesivo de jabones, el lavado frecuente de manos, la calefacción, la sequedad ambiental o el envejecimiento- pueden emplearse aceites vegetales como el de coco, girasol, jojoba o aloe vera (Joshi LS, 2015). Para piel seca existen cremas derivadas de varias plantas, que pueden combinarse, como Rubia cardifolia (manjista), Ocimum tenuiflorum (tulsi) o Glycyrrhiza glabra (regaliz) en aceite de sésamo. En piel sensible se utilizan extractos de Vetiveria zizanioides (Usheero), Curcuma longa (cúrcuma), Gripala y Azadirachta indica (neem); para piel grasa, tulsi, neem, cúrcuma y papaya (Saudagar RB, 2018).
Otras plantas utilizadas desde la antigüedad incluyen Aegle marmelos Corr (naranja amarga) como bálsamo labial; semillas de Sessamum indicum Linn (sésamo) como exfoliante y aclarante cutáneo; semillas de Papaver somniferum Linn (adormidera) en leche contra la caspa; Lens culinaris (lenteja) con miel como mascarilla facial; y una pasta de Coriandrum sativum Linn (cilantro), Acorus calamus Linn y Saussurea lappa para tratar espinillas. El jugo de Eclipta alba, junto con Terminalia chebula y Emblic myrobalan cocido en aceite y aplicado sobre el cuero cabelludo, se ha usado como remedio contra el encanecimiento prematuro (Patkar KB, 2008).
Para realizar peelings superficiales en las arrugas finas del fotoenvejecimiento o como complemento de la hidroquinona en trastornos pigmentarios, como el cloasma, se emplean ácidos frutales o hidroxiácidos: α-hidroxiácidos, β-hidroxiácidos, polihidroxiácidos y ácidos biónicos. Entre los α-hidroxiácidos figuran los ácidos cítrico, málico, glicólico y láctico, siendo el ácido glicólico (AG) el más utilizado. A bajas concentraciones, el AG actúa como exfoliante químico suave, elimina células muertas y estimula la renovación cutánea; también tiene un efecto moderado sobre algunas hiperpigmentaciones epidérmicas y el acné leve. El ácido láctico, procedente de la leche, aumenta el contenido de agua del estrato córneo, favorece la descamación al reducir la cohesión de los corneocitos y mejora la función barrera al elevar los niveles de ceramidas (Harding CR, 2000; Lodén M, 2003). Se ha usado tópicamente hasta al 12% durante años para tratar la ictiosis y la piel seca (Harding CR, 2000). Además, aumenta la flexibilidad del estrato córneo al unirse a las queratinas y suaviza el EC incluso sin agua (Mizukoshi K, 2020). Entre los β-hidroxiácidos destaca el ácido salicílico, derivado de la corteza del sauce; al ser liposoluble, penetra en los poros y se tolera bien en pieles grasas y acneicas. Los ácidos biónicos, como el lactobiónico, y los polihidroxilados, como la gluconolactona y la galactosa, ofrecen beneficios similares a los alfahidroxiácidos con mínima irritación, por lo que resultan adecuados para pieles sensibles, incluida la rosácea (Green BA, 2009).
El envejecimiento cutáneo y el fotoenvejecimiento se caracteriza por adelgazamiento de la epidermis, reducción de colágeno y elastina y pérdida de elasticidad, además de manchas y arrugas en fases avanzadas. Para su cuidado se han popularizado cosméticos derivados de plantas como Thymus vulgaris, Panax ginseng, Triticum aestivum y Andrographis paniculata, por su contenido en ácidos gálico y ferúlico (Costa EF, 2022). También se emplean extractos de raíz de rosa (Rhodiola rosea), zanahoria y ginkgo biloba, ricos en vitamina A y con actividad antioxidante (Suvedi D, 2025).
1.3.3.2.1. El mercado de los cosméticos y cosmecéuticos botánicos
Los cambios en el estilo de vida y la mayor preocupación por los posibles efectos adversos de los cosméticos químicos han impulsado la demanda de cosmecéuticos naturales (Brandt FS, 2011). Hoy, los productos de belleza se distribuyen ampliamente por Internet, tanto a través de minoristas exclusivamente digitales como de grandes almacenes y cadenas especializadas. Entre los segmentos con mayor crecimiento destacan los productos diseñados para hombres. Japón sigue siendo uno de los principales mercados mundiales, aunque ha entrado en una fase de estabilidad: en 2010 alcanzó los 2286 mil millones de yenes, sin variación respecto al año anterior. No obstante, el acceso de los consumidores a más información en línea y el auge de las alternativas naturalistas están modificando rápidamente el sector. Rusia también ha sido un mercado emergente relevante: en 2012 ocupaba el quinto lugar mundial, y su mercado de perfumería y cosmética había crecido un 21% desde 2004, hasta alcanzar los 13.500 millones de dólares estadounidenses (Academia Lab, 2026).
En Europa, el mercado de cosméticos naturales se valoró en 5.200 millones de dólares en 2024 y se prevé que alcance los 12.560 millones en 2033, con una tasa de crecimiento anual compuesta del 10,9%. Su evolución está cada vez más condicionada por la biotecnología y las ciencias verdes, que permiten obtener ingredientes activos más sostenibles, eficaces y transparentes. Las empresas recurren a la fermentación, al reciclaje de residuos alimentarios y a la agricultura celular para producir activos naturales con menor impacto ambiental y mayor estabilidad. Así, el escualeno derivado de la caña de azúcar se ha consolidado como alternativa sostenible al procedente del tiburón, con propiedades emolientes e hidratantes similares y menor impacto ecológico. Del mismo modo, el ácido hialurónico obtenido por fermentación microbiana permite una producción constante sin depender de fuentes botánicas sobreexplotadas. Además, los activos fermentados pueden diseñarse con pesos moleculares concretos o mayor biodisponibilidad, lo que favorece una hidratación más eficaz que la obtenida con algunos extractos vegetales tradicionales.
Los mercados con mayor proyección son probablemente China e India, países que lideran la introducción mundial de cosméticos herbales gracias a su tradición en el uso medicinal de plantas (Market Research Analysis, 2022). La medicina tradicional china emplea más de 5000 especies vegetales y la india alrededor de 7000. En el mercado mundial de cosméticos naturales, China aporta unos 6000 millones de dólares, frente a aproximadamente 1000 millones de la India (Gunjan M, 2015). El mercado indio crece con rapidez por la mejora macroeconómica y demográfica, el aumento de la renta disponible, la expansión del comercio minorista organizado, los cambios en las preferencias de consumo y una población joven numerosa. En paralelo, mercados ya desarrollados como Estados Unidos, China y Europa muestran signos de saturación.
En Europa, la cosmética natural presenta una jerarquía clara por categorías. El cuidado de la piel lidera el mercado, con una cuota del 46,63%, impulsado por la demanda de productos naturales y orgánicos con ingredientes botánicos activos, a menudo respaldados por certificaciones como COSMOS y Ecocert. En este segmento destacan las soluciones “antiedad” y los productos para “piel sensible”. El cuidado capilar ocupa el segundo lugar, con un 22,09%, favorecido por la preocupación por la salud del cuero cabelludo, la caída del cabello y la presencia de sustancias como sulfatos y siliconas. Los champús, acondicionadores y tratamientos con aceites vegetales y extractos herbales ganan popularidad, sobre todo en Alemania, Francia y los países nórdicos. El maquillaje y los cosméticos de color representan el 12,09% y mantienen un crecimiento sostenido gracias a los pigmentos naturales, las bases minerales y los productos veganos, impulsados en parte por las redes sociales. Otros segmentos, como baño y ducha (8,09%), fragancias y perfumes (5,90%) y desodorantes y antitranspirantes (3,11%), crecen de forma más moderada.
En conclusión, los cosmecéuticos herbales parecen producir menos efectos adversos que los sintéticos, aunque se rigen por las mismas directrices generales que los cosméticos tradicionales. Sin embargo, no existe un protocolo estandarizado para evaluar su eficacia y seguridad, y sus ingredientes activos deben analizarse con técnicas avanzadas. En la Unión Europea, la seguridad de los cosméticos botánicos se regula mediante el Reglamento CE nº 1223/2009, que establece requisitos de eficacia, etiquetado y calidad. También restringe las sustancias peligrosas, limita determinados conservantes y exige Buenas Prácticas de Fabricación conforme a la norma ISO 22716, reconocida en la UE, EE. UU. y Japón. Se permiten ingredientes vegetales y animales, como miel o leche, y se evitan derivados del petróleo o sintéticos. Desde septiembre de 2019 se actualizan los anexos que prohíben ingredientes clasificados como cancerígenos, mutágenos o tóxicos para la reproducción, con última revisión el 01/09/2025. También se prohíben colorantes, perfumes sintéticos, siliconas y parafinas, y se regula de forma estricta el uso de sustancias perfluoroalquiladas (PFAS).
No obstante, la idea de que los productos “naturales” son intrínsecamente seguros es incorrecta. Se han descrito dermatitis irritativas y alérgicas de contacto, confirmables mediante pruebas de parche. En algunos casos no se identifica el sensibilizante porque puede tratarse de un contaminante, un ingrediente no declarado o una sustancia transformada durante la oxidación o la formulación. La creciente frecuencia de dermatitis alérgica de contacto inducida por cosméticos pone de relieve la necesidad de pruebas de parche estandarizadas, un etiquetado más completo y una supervisión regulatoria más estricta, incluida la notificación obligatoria de reacciones adversas, la evaluación precomercialización de alérgenos y el etiquetado uniforme de sensibilizantes y componentes botánicos conocidos (Ezzat RZ, 2025).
Aunque se publican numerosos estudios sobre cosméticos, muchos se utilizan con fines publicitarios y no aparecen en revistas revisadas por pares. En la práctica, faltan ensayos clínicos aleatorizados y controlados de buena calidad que evalúen de forma fiable la eficacia y seguridad de los cosméticos convencionales y botánicos. Por ello, sería deseable un control más estricto por parte de los organismos reguladores, como la EMA, la FDA y la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, en el marco del Real Decreto 85/2018. Incluso las nuevas tecnologías de formulación, con potencial para mejorar los beneficios de los cosmecéuticos, requieren más investigación (Mansoor K, 2023).